jueves, marzo 31, 2011

NOS VAMOS AL CAMPO, PERO ¿A DÓNDE?

Ya está decidido. Nos vamos a vivir al campo, pero no muy lejos de una ciudad. Ahora falta elegir: ¿qué campo y qué ciudad? Vayamos concretando. ¿Nos quedamos en España o nos vamos fuera? Nunca hemos vivido fuera de España. La idea es tentadora. Pero, por ahora, nos quedamos. Bastante cambio es ya irnos de la ciudad al campo -y trabajar como empleado a hacerlo de forma autónoma- como para añadir más "novedades" como una lengua o una cultura diferente. Además, no conocemos los entornos rurales de otros países. Siempre que hemos viajado al extranjero lo hemos hecho a ciudades, habitualmente a capitales europeas.


Así que, decidido, nos quedamos. Como de España sí que conocemos bastante bien los espacios rurales y naturales, hemos hecho un mapa con nuestras zonas favoritas. Estas son las elegidas: Girona, Cantabria, Asturias, Galicia y los pirineos (aún sin conocerlos todos). Desechamos otras zonas que nos gustan por diversas razones. Euskadi, por caro. Levante y la costa de Andalucía, por explotado (y el interior por caluroso y aislado). Y Castilla y Extremadura, por estar demasiado cerca de Madrid.


El lugar que elijamos debe reunir una serie de condiciones: belleza paisajística, desarrollo rural (internet, por ejemplo), buenas comunicaciones, una ciudad activa culturalmente y, sobre todo, viviendas asequibles. La mayoría de los lugares elegidos cumplen con todo los requisitos, menos uno: el precio de las casas. Después de una rápida consulta por portales inmobiliarios, idealista y fotocasa, nos dimos cuenta de que de los destinos elegidos, sólo nos valían tres: Galicia, Asturias y Cantabria.


Tras una búsqueda más a fondo, poniendo como límite de precio 100 mil euros y una distancia en coche de no más de media hora de una ciudad importante, Asturias destaca como el lugar más idóneo.

domingo, marzo 20, 2011

¿HAY INTERNET EN EL CAMPO?

Los que vivimos en grandes ciudades como Madrid no somos conscientes de la falta de infraestructuras y comunicaciones que tienen otras poblaciones, sobre todo las más pequeñas o aisladas. En cuanto a las telecomunicaciones, tendemos a pensar que, bueno, no habrá 3G en todos los sitios ni se navegará tan rápido como en las ciudades, pero casi. Y no es así. En cuanto me he puesto a investigar sobre la posibilidad de poder conectarme a internet en una casa de campo, me he dado cuenta de lo ancha que es la “brecha digital”.


Poder se puede, que ya es algo, pero: ¿a qué precio? ¿con qué velocidad?


Estas son, actualmente, las opciones que hay para tener internet en una casa de campo:


ADSL. Es la mejor opción pero la más difícil de encontrar. Hoy por hoy, tener adsl en un pueblo pequeño es un lujo. Al no haber apenas inversión privada en infraestructuras de redes por parte de los operadores, son los organismos públicos los que tiene que encargarse. Algunos núcleos rurales, sobre todo los más turísticos, lo tienen. Pero todos los demás, siguen esperando. Y según están los ayuntamientos, la espera puede ser muuuuy larga. Por supuesto, para casas aisladas, el adsl no es una opción.

Ventajas: precio y velocidad

Inconvenientes: apenas está implantado en los núcleos rurales y no llega a hogares aislados.

Precio medio: 39 euros.


WIMAX. La transmisión es inalámbrica. Se efectúa por ondas de radio. Es una de las alternativas más extendidas al cable (adsl), pero tiene unas serias limitaciones en el rendimiento. La distancia a la antena repetidora o los posibles obstáculos orográficos son determinantes para poder conectarte y la velocidad que alcanzarás.

Ventajas: Velocidad, poca latencia

Inconvenientes: Cobertura

Precio: 42 euros (2Mb-iberbanda / tngo)


3G. Parece la opción con más futuro. Después del refarming (el nuevo reparto de frecuencias tras la desaparición de la tele analógica) la cobertura promete ser cada vez mayor. Aquí el mayor problema son las limitaciones que por ahora existen en el volumen.

Ventajas: facilidad de instalación, movilidad

Inconvenientes: latencia, falta de cobertura en zonas aisladas

Precio: 57 euros (Velocidad hasta 21,6 Mb los primeros 10GB)


Satélite. La peor opción de todas, por precio y limitaciones de velocidad. Además, requiere de instalación de antena. Eso sí, llega a todos lados.

Ventajas: Cobertura y estabilidad

Inconvenientes: Precio, velocidad, instalación, latencia

Precio: 95 euros (Velocidad hasta 3,6 Mb los primeros 9GB)

martes, marzo 15, 2011

¿Y DE QUÉ VAMOS A VIVIR?

Una vez tomada la decisión, viene la GRAN PREGUNTA: ¿DE QUÉ VAMOS A VIVIR? Hasta hace poco, las opciones de un urbanita para vivir en el campo trabajando eran muy pocas. Ahora, la opciones han aumentado. Son las siguientes:


1) Vivir del campo

De lo que produce. De la agricultura y la ganadería. El fenómeno neorrural va en esa dirección. Desde los años 60 existe en Europa una migración desde las áreas urbanas a zonas rurales, de urbanitas que deciden irse al campo y aprender a vivir de él. No es nuestro caso. Por lo menos no de forma exclusiva. Aunque sí lo vemos como un complemento, como una forma de autoabastecimiento alimentario. Nos gustaría, y nos hace ilusión, probar a cultivar un huerto e incluso tener un pequeño corral. Para hijos del hiper como nosotros, conseguir alimentarnos de lo que produce la tierra tiene un significado especial, es como, no sé, un milagro.


2) Trabajar en un pueblo

No es lo mismo pero es otra posibilidad. Vivir en el campo y desplazarnos al pueblo a trabajar, o vivir y trabajar en él. De las muchas profesiones que ofrece el medio rural, por formación y experiencia, podríamos acceder a las siguientes: las relacionadas con la administración, ya sea pública o privada, la gestión cultural o medioambiental, y todo lo relacionado con la educación. Pensando en un pueblo pequeño, podríamos trabajar de administrativos en el ayuntamiento, de maestros rurales y, siendo muy optimistas, de bibliotecarios o en el centro cultural del pueblo.

¿Problemas? Dos: oposiciones y nepotismo. La mayoría de esos puestos son para funcionarios, por lo que habría que superar unas oposiciones. Y, de momento, no estamos por la labor. A los demás puestos, viniendo de fuera y sin conocer a nadie, es difícil acceder. Como es natural (y lo digo por casos que conozco) el nepotismo funciona mucho en los pequeños núcleos rurales. Todos se conocen y es normal “echar un cable” a un vecino y amigo.

Esta opción la podríamos tener en cuenta más adelante, una vez estemos instalados, adaptados e integrados. Ahora mismo, lo veo muy complicado.


3) Trabajar en una ciudad viviendo en el campo

Es la opción que menos nos apetece, pero también la tenemos en cuenta. Estamos tan acostumbrados a las distancias de Madrid que no nos damos cuenta de que a 20 minutos en coche de las pequeñas y medianas ciudades de provincia ya estás en medio del campo. Se puede vivir perfectamente rodeado de naturaleza mientras trabajas desplazándote a una ciudad. ¿Qué son 20 minutos de trayecto después de haber vivido en Madrid?


4) Teletrabajar: trabajar desde casa (en el campo)


Nuestra opción favorita. Hasta hace poco, para poder vivir de esa manera la única opción habría sido dedicarme al turismo rural. Pero ahora, con internet, todo ha cambiado. Las opciones se multiplican. En mi caso, la idea es (tele)trabajar como autónomo, como redactor freelance. Ese será mi medio de vida en el campo. Un futuro profesional que ya tengo algo avanzado. Además de mi trabajo como oficinista, colaboro desde hace varios años en diversas publicaciones, tanto online como en papel. Y lo hago siempre a través de internet. En una de ellas, con sede en Barcelona, ni siquiera les conozco personalmente. El mail, el teléfono, la videoconferencia... ¿Qué necesidad hay de verse en persona para trabajar bien juntos?

sábado, marzo 05, 2011

DE LA CIUDAD AL CAMPO

Esta mañana, mientras iba camino de la oficina, he tomado dos decisiones. UNA. Me voy a vivir al campo. DOS. Voy a abrir un blog para contarlo.

Pero primero, me presento. Me llamo Carlos, tengo 38 años, vivo en Madrid y trabajo desde hace 10 años en una conocida compañía de telecomunicaciones. Gestiono y elaboro contenidos web. Soy casi dosmileurista y vivo de alquiler en un piso con piscina junto a mi pareja (mileurista) y una gata llamada Kika.

En resumen, tengo un buen trabajo, ahorros y pago un alquiler no muy alto de un piso estupendo y bien situado. ¿POR QUÉ ME QUIERO IR AL CAMPO?

Por varias razones que paso a enumerar:

1) ¿Dónde he tomado la decisión? Camino del trabajo. Ese camino eterno que hacemos la mayoría de los madrileños de casa a la oficina y de la oficina a casa. Un camino en el que invertimos entre media/una hora de ida, y otra media/una hora de vuelta. Un camino en el que si vas en coche o moto encontrarás un atasco, si vas en transporte público encontrarás demasiada gente y si vas en bicicleta encontrarás de todo -hostilidad, cuestas, humo- menos carriles bici. Y lo peor es que, a fuerza de sufrirlo toooodos los días, acabamos resignados y viéndolo como algo normal. Pues no. Es la norma, sí, pero no es normal. Y como no quiero que acabe siéndolo, ME VOY AL CAMPO.



2) Como he dicho, vivo, o mejor, vivimos (voy a empezar a usar el plural) de alquiler. Y, como es norma -¡otra vez!-, hace seis años nos planteamos comprar un piso. Trabajo estable+pareja estable: vivienda estable. Ya sabéis: "alquilar es tirar el dinero", "los pisos nunca bajan" y demás cantinelas burbujistas. Abrimos una cuenta vivienda y... hala, a ahorrar. Pasaron los años, subieron los precios, aumentaron los plazos de devolución de los créditos hipotecarios y... se nos terminó el de la cuenta vivienda. ¡A buscar piso! 10, 20, 30, 40... hasta 80 visitamos. Primero en el centro. Nada. Luego dentro de la m-30. ¡Bien! Nos gusta uno. Pero, al banco no le gustamos. ¿Y si miramos algo más barato en la afueras? !Boom! Pincha la burbuja inmobiliaria. Los bancos cierran el grifo y nuestra cuenta vivienda caduca. Lloramos... pero no mucho. ¿De verdad queremos vivir en un piso, en una zona que no nos gusta, pagando una hipoteca durante 40 años? No, en realidad no. Es como el atasco, lo hemos normalizado. Y como no queremos, NOS VAMOS AL CAMPO.



3) Madrid me gusta. He pasado mi infancia y adolescencia en Móstoles. No me gustaba. El día que conseguí irme de alquiler a una pequeña buhardilla en el centro de la capital fue uno de los más felices de mi vida (también tuvo que ver, claro, que no me iba solo). Había cumplido un sueño. Luego, cuando los alquileres empezaron a subir, tuvimos que irnos algo más lejos. Pero no demasiado. Entonces, ¿por qué me quiero ir si Madrid me gusta? Porque cada vez me gusta menos. Cada vez se parece más a una megalópolis de manga japonés: está superpoblada. La horas puntas ya no son solo para ir o salir del trabajo, también son para comer en un restaurante, para visitar un museo, para ver un estreno de cine, para ir a urgencias, para ir de excursión al campo (la de veces que nos habremos quedado sin sitio en el aparcamiento de la Pedriza). Esta superpoblación que satura Madrid no solo tiene consecuencias en forma de espacios llenos y colas interminables. También influye en la contaminación -atmosférica, lumínica y acústica- y en el propio trabajo. En 13 años que llevo empleado con contrato indefinido solo he cambiado una vez de empresa... ¡pero 7 de oficina! Además, como la mayoría de los polígonos y parques empresariales no están en Madrid capital sino en los pueblos de alrededor, es muy fácil que se de este caso: vivir en una punta de la región y acabar trabajando en la otra. Como no queremos formar parte de la superpoblación urbana, NOS VAMOS AL CAMPO.